EL RIESGO PAÍS SE DISPARÓ Y SUPERÓ LOS 900 PUNTOS

El escenario económico parece cada vez más complicado. El riesgo país volvió a dispararse este jueves y superó los 900 puntos, en medio de una fuerte venta de bonos y acciones argentinas. La preocupación de los inversores ya no pasa solamente por las dificultades financieras. También crecen las dudas sobre el rumbo de la economía, la capacidad para pagar la deuda y el respaldo político que tendrá el Gobierno durante los próximos meses.

El indicador que elabora JP Morgan llegó a 927 puntos, con un salto de casi 9 por ciento respecto de los 852 del miércoles. Se trata del nivel más elevado en más de un año. La situación resulta especialmente preocupante porque en julio había tocado un mínimo cercano a los 400 puntos. En apenas cuatro meses, el riesgo país más que se duplicó.

Los inversores exigen cada vez mayores rendimientos para mantener deuda argentina. Se aleja la posibilidad de que el gobierno consiga financiamiento internacional a tasas razonables. El problema es que Argentina necesita dólares para afrontar sus próximos vencimientos y todavía no logró despejar las dudas sobre cómo los conseguirá.

La tensión quedó reflejada en los mercados. Los bonos soberanos argentinos registraron pérdidas de hasta 4 por ciento durante la jornada. También hubo fuertes bajas entre las empresas locales que cotizan en Nueva York. El dólar oficial se mantuvo en 1570 pesos en el Banco Nación, mientras que el contado con liquidación rondó los 1680 pesos.

El contexto internacional tampoco ayuda. Wall Street atravesó otra jornada de fuertes pérdidas, especialmente entre las compañías tecnológicas. Sin embargo, la magnitud del deterioro argentino muestra que los problemas no pueden explicarse solamente por el escenario externo.

A la incertidumbre financiera se suma ahora un problema político. Donald Trump sufrió una fuerte derrota en las elecciones legislativas de Estados Unidos. Los demócratas consiguieron el control de ambas cámaras del Congreso y limitarán el margen de maniobra del presidente norteamericano.

El resultado representa una mala noticia para Milei, que convirtió su relación personal con Trump en uno de los principales activos de su política exterior. El respaldo de Washington había funcionado como una garantía política para los inversores. La expectativa era que, ante una nueva crisis, Estados Unidos pudiera intervenir para facilitar financiamiento o evitar un incumplimiento de la deuda.

Ese respaldo no desapareció, pero quedó más condicionado. Trump seguirá en la Casa Blanca, aunque con menos poder político para impulsar nuevas iniciativas. Para Argentina, significa que la posibilidad de recurrir a Washington como prestamista de última instancia resulta ahora menos segura.

El mercado también empieza a mirar con mayor preocupación los resultados de la economía real. El Gobierno consiguió sostener su política de ajuste fiscal, pero la recuperación de la actividad continúa sin consolidarse. Según el Indec, la economía cayó 1,7 por ciento interanual en agosto. El consumo masivo también retrocedió en septiembre y acumuló una baja del 2,7 por ciento durante los primeros nueve meses del año.

Detrás de estos números aparecen dificultades que afectan a millones de familias y empresas. La debilidad del consumo, la pérdida de dinamismo de sectores productivos y las dificultades para sostener las ventas alimentan el malestar social. La promesa de que la estabilidad financiera permitiría una recuperación sostenida todavía no encuentra una respuesta convincente en buena parte de la economía.

La comparación regional resulta reveladora. Mientras Argentina superó los 900 puntos de riesgo país, Brasil se ubicaba cerca de los 195 puntos y Paraguay alrededor de los 140, según los últimos datos comparables de JP Morgan. Incluso Paraguay mantiene una evaluación financiera mucho más favorable, pese a la crisis bancaria que estalló esta semana con la intervención de Ueno Bank.

La diferencia expone la desconfianza que todavía despierta la capacidad de pago de Argentina. El país continúa pagando un costo financiero muy superior al de sus vecinos, incluso cuando algunos atraviesan episodios de inestabilidad.

La estabilidad cambiaria por sí sola ya no parece suficiente para convencer a los mercados. Los inversores reclaman señales sobre las reservas, el financiamiento y la posibilidad de sostener el programa económico en un escenario de actividad debilitada. El equipo económico insiste que el país puede atravesar cualquier turbulencia sin ayuda externa. En el Gobierno repiten que es momento de ser más ortodoxos que nunca. Pero los inversores, por ahora, no lo creen.

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